29-08-2020 / 13:20 h EFE

¿Quién necesita una manta o un bocadillo? Una joven voluntaria de Cruz Roja lanza la pregunta en el colegio de Almonaster la Real donde varias personas están acogidas a la espera de que el fuego pase de largo y se olvide la pesadilla de estos días, igual que más de 400 personas diseminadas por distintos puntos del norte de la provincia.

La voluntaria es muy joven, no debe tener más de 20 años, y habla a las personas mayores allí resguardadas como a sus abuelos, en voz baja, sin querer molestarles, porque la media de edad en las aldeas desalojadas por el fuego es muy alta, y eso se nota con un golpe de vista a la hora de hablar con la gente, igual que se lo asustadas que están estas personas.

La mayor es Rosa, una mujer de 96 años que presume de ser la más longeva de Cueva de la Mora y que está atendida al lado de Juan, que con 80 años no supo qué hacer cuando le dijeron que dejara su casa, y pasó la noche del pasado jueves en su coche, aparcado bajo una encina que le daba cierta seguridad.

Cada persona desalojada tiene una historia, como la pareja de Madrid que lleva semanas en su casa de la aldea de Monteblanco buscando la paz de la sierra contra los casos de covid en su ciudad, o Tomás, que, como todos, no cesa de preguntar si su casa sigue en pie o se la ha llevado el fuego por delante.

“Llevo toda la vida ahorrando para tener mi casita en la sierra, y venderla en unos añitos para pagar la residencia de ancianos cuando me tenga que ir”, explica Josefa, una mujer vecina de la aldea de Monteblanco, otro nombre para añadir a la lista de casos particulares que el fuego se ha llevado por delante.

En Zalamea la Real la gente desalojada la pasada noche ha vuelto a sus casas, tras unas horas de pánico viendo cómo las llamas se acercaban a sus viviendas en la barriada de San Vicente, una zona residencial levantada poco antes de la llegada de la democracia donde se han ido quedando a vivir padres y abuelos mientras los hijos buscaban el futuro en otros lugares.

Los abuelos precisamente, los que viven en la residencia de ancianos, preocupaban y mucho, pero los golpes de viento que han azotado al pueblo por la noche han ido virando por la mañana y Marisa ha podido volver a su casa: “no sabíamos qué pasaba cuando empezamos a escuchar las sirenas, y lo primero que hicimos fue buscar a los niños, vestirlos, bajar a la calle, que olía a humo por todos lados, y marcharnos cuanto antes”.

Antes del desalojo, la primera reacción del alcalde, Diego Rodríguez, fue pedirle a los vecinos que cerrasen puertas y ventanas y no saliesen de casa, pero era imposible contener el nerviosismo de la gente por lo que venían venir por el norte del pueblo.

Con poco más de 3.000 habitantes, Zalamea la Real es de esos pueblos donde la gente sigue viviendo en la calle en verano hasta casi que amanece, y muchos de los vecinos acudieron a la Plaza Redonda, uno de los puntos altos del pueblo, para ver, grabar o fotografiar lo que se veía en el horizonte.

“Lo bueno del desalojo es que muchas personas se quedaron en casas de familiares, y en el pabellón hubo que meter a pocas personas, a las que se ha atendido con agua, comida y lo que han necesitado”, explica el alcalde.

Curiosamente, en una semana en la que Andalucía ha superado los 40 grados, hoy hace falta manga larga para ir por la calle en Zalamea, y en Almonaster se han podido ver a vecinos trasladando mantas para abrigar a los que no pueden volver a sus casas, otra imagen de la otra cara de un incendio que, de nuevo, ha vuelto a golpear a uno de los grandes pulmones verdes de Andalucía.

 
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