14-06-2020 / 12:10 h EFE

Casi 9.000 kilómetros separan de su familia y su hogar, El Salvador, a Michelle Carbonell, quien ha vivido desde Pamplona cómo, en medio de una situación crítica por la COVID-19, el país fue asolado con la llegada de la tormenta Amanda y quedó bajo un "escenario apocalíptico".

Según cuenta Carbonell en una entrevista con Efe, ella fue consciente de la situación después de ver las imágenes que subieron sus amigos salvadoreños a Instagram en los primeros días de junio. "Me quedé asustada porque todo el mundo estaba posteando muchas cosas, sobre todo mis amigas pidiendo ayuda".

En ese momento, según cuenta, llamó a sus padres y se puso "manos a la obra" para poder donar "lo poco que tenía" en su cuenta de ahorros, y contactó a sus amigos de Pamplona. "Si logramos que la gente en España sepa lo que ocurre en El Salvador quizás puede aportar a la causa, pero nadie está hablando de esto", lamenta.

Para entender de primera mano lo que está viviendo el país centroamericano, su madre, Clara Fortín, explica que El Salvador comenzó el confinamiento a la par que España y "cerró fronteras muy pronto", una decisión que controló momentáneamente el virus y aplanó la curva, pero después "se fue saliendo todo de contexto".

Allí, se encuentran "en el pico" y su cuarentena todavía sigue vigente hasta el 15 de junio, cuando se cumplirán 84 días desde el inicio.

En su caso no guardó confinamiento por su trabajo, que le llevaba a diario al centro de la capital, San Salvador, donde, con los días, empezó a ver muchas "banderas blancas" colgadas: una "forma de expresar que esa casa necesitaba de tu ayuda".

Pequeños vendedores ambulantes empezaron a salir "porque no tenían otra opción para conseguir dinero", aunque eso significase saltarse la cuarentena y el distanciamiento social, que, según Fortín, es algo "dificilísimo" porque hay casas pequeñas donde viven más de 8 personas hacinadas.

Además, añade que, al igual que en España, también se generaron "manifestaciones civiles" para denunciar la gestión del Gobierno, pero, en lugar de cacerolas, los salvadoreños optaron por hacer sonar al unísono desde sus casas los cláxones de sus coches durante una semana a las ocho de la tarde.

Y por si esto fuese poco, en medio de este escenario "crítico" llegó una tormenta que "cambió el panorama radical" y "no hubo forma de preverla". Amanda vino "a derramar la gota" del caos en El Salvador y provocó que muchas personas quedaran "damnificadas" y "necesitadas de ayuda".

Tras la fuerte tormenta, hubo una gran activación del pueblo salvadoreño, que una semana antes limpiaba "todo lo que venía del supermercado con gel hidroalcohólico" y en ese momento se metió "con todo" para ayudar, dejando a la pandemia como algo secundario, y, en consecuencia, se han doblado los casos.

Según relata Fortín, en ese momento el Gobierno decidió "dejar de hacer tests" y empezó a tratar a todos los casos respiratorios sospechosos como COVID-19, algo que prevé que afectará a "miles de miles de personas" que pasaron "cuatro días debajo de la lluvia", tanto damnificados, como las personas que, como ella, fueron a ayudar.

Ahora está enferma y en cama, bajo tratamiento de COVID-19 pero sin saber si realmente está contagiada. Solo sabe que se "empapó" bajo la lluvia "permanente y constante" que, junto con un viento huracanado, se llevó por delante carreteras y casas "literalmente enteritas".

Fortín dirige la Fundación Forja, que de normal se dedica a "fomentar la educación del carácter de las personas", y se ha reinventado para "recaudar dinero" a través de un GoFundMe y ha estado en primera línea dando "resguardo y comida a las personas que han perdido sus casas, sus techos", manifiesta.

En esta línea, admite que la cantidad de peticiones no para de aumentar y "lo único que quieren es una manta y un vaso de leche", que las escuelas se han convertido en albergues y que, por primera vez en su vida, ha visto en una persona "los ojos del hambre", en lo que es el comienzo de una cadena que "todavía no ha terminado".

Es por eso que han convencido a Michelle, su única hija, de que lo mejor que puede aportar es "vivir una vida plena" en España y tratar de llevarlo lo mejor que pueda, aunque Carbonell siente impotencia y ve difícil y "surrealista" volver a la normalidad cuando todo en su país está yéndose con "los cuatro jinetes del apocalípsis".

Ya que no puede volver a su país, ahora, el objetivo de esta salvadoreña, estudiante de 2º de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra, es "llevar la noticia a todas las personas y tratar de ayudar" desde aquí en "todo lo que pueda", porque su mente no está en España, sino a un océano de distancia, con su familia, en su hogar.

 
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