13-05-2020 / 15:12 h EFE

Al final de cada turno me quito el equipo de protección y me cambio el uniforme para que lo laven en el hospital. Tan pronto llego a casa, limpio el interior del auto, lavo la ropa y me meto a la ducha. La mayoría de médicos de esta UCI en Nueva York tenemos una rutina similar, aunque esa es probablemente la única parte del día que transcurre igual.

Siempre llego a mi puesto en la unidad para COVID-19 del hospital Syosset de Long Island por la mañana para hacer el cambio de turno con el que cubre la noche.

Luego comienza el circuito. La lista de tareas parece ordenada, pero nada es seguro.

La UCI es grande y abierta. Al comienzo de la pandemia y a medida que el número de casos de coronavirus aumentó, la capacidad del hospital se vio superada. Como solución se convirtió la unidad de recuperación de quirófano en sala de cuidados intensivos. Por lo general, tenemos unos 15 pacientes, la mayoría con ventiladores. Varios están mal y los días allí son muy ajetreados, realmente agotadores.

PLANES ROTOS Y REAJUSTADOS

Apenas llego pienso en imprimir la lista de pacientes y caminar por la unidad tomando nota de los datos de los respiradores. Luego viene la revisión de los medicamentos de cada uno de los hospitalizados, de los estudios de laboratorio y los análisis de rayos X.

Trato de hacer esto a tiempo para acudir a las rondas, que generalmente incluyen a un neumólogo, otros miembros del equipo de la unidad y un profesional de telemedicina que siempre va con su computadora portátil, además participan por teléfono un nutricionista, un trabajador social y un farmacéutico. (En circunstancias normales ellos estarían físicamente, pero, para limitar la exposición innecesaria en la unidad de COVID, se conectan remotamente).

Después de las rondas, se hace un seguimiento de cualquier plan nuevo, se realizan ajustes a los respiradores y reviso los cuadros clínicos para ver las recomendaciones de los otros médicos.

En algún momento en medio de esto almuerzo y al final de la tarde el neumólogo y yo revisamos la unidad otra vez y hacemos, nuevamente, ajustes a los ventiladores. Después comienzo a organizar las cosas para entregarle el turno a la persona de la noche.

REALIDAD FRENTE A ORDEN

Ese es el plan y suena muy sencillo, pero no siempre funciona de esa manera. Es una UCI con pacientes muy enfermos y, obviamente, es un entorno muy variable, dinámico.

Un paciente puede desaturarse de forma aguda -reportando una disminución dramática de los niveles de oxígeno en sangre-, un tubo de ventilación puede dislocarse o algún enfermo puede tener repentinamente presión arterial baja o una frecuencia cardíaca alta. Y cada escenario requiere atención inmediata.

También hay muchas llamadas telefónicas: del laboratorio, de la farmacia y, por supuesto, de las familias preguntando por las novedades.

Además, respondo a las alertas de respuesta rápida de otras partes del hospital. Esto sucede cuando un paciente en un piso regular se descompensa de forma aguda y, a menudo, es transferido a la UCI. Muchos de estos pacientes terminan con respiradores.

Estos códigos se han vuelto menos frecuentes a medida que el número de casos ha comenzado a disminuir.

No hace falta decir que todos los días hay muchas de estas interrupciones en mi rutina "normal" y es muy raro la jornada en la que no tenga varias tareas aún pendientes para dejarle a la persona que cubre la noche. Esto, de verdad, siempre me hizo y me hace sentir mal.

 
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