26-04-2020 / 17:20 h EFE

Cuando el coronavirus sea un mal recuerdo y la libertad de movimiento una certeza, la localidad de Lalín (Pontevedra) disfrutará gratis cada año del espectáculo que ofrece la gran familia del Circo Olimpia, cuyos veinte miembros comen cada día gracias a la solidaridad de un pueblo que los ha reconocido como vecinos.

Lo promete Marco Zeferino, cabeza visible de un grupo de artistas varado en el municipio gallego, donde el estado de alarma les pilló a contrapié, con la carpa desplegada y la nevera casi vacía.

“Lalín se ha volcado con nosotros, el alcalde el primero, el concejal, Cruz Roja. Todo el mundo, la Policía, Guardia Civil, vienen por aquí, nos traen comida y nos preguntan si necesitamos algo. No sabemos cómo agradecer tanto. Estamos en deuda con Lalín y cada vez que vengamos haremos funciones gratis para Lalín. Es lo único que podemos hacer y es lo que haremos cuando esta pandemia termine”, ha asegurado a Efe Marco Zeferino.

La carpa del Circo Olimpia es blanca y modesta y empieza a ser contemplada como parte del mobiliario urbano, pues lleva montada en el mismo sitio seis o siete semanas, las mismas que los acróbatas tenían pensado pasar en Galicia: de Lalín a Ourense, de Ourense a Lugo, de Lugo a Ferrol…

“Ya teníamos la publicidad pedida, los carteles para las tiendas y los postes, las banderolas de plástico”, cuenta Marco, que asegura que esta crisis puede ser la puntilla a un negocio caprichoso y voluble, cuyos resultados dependen casi más del estado de ánimo de las poblaciones que visitan que del repertorio que desplieguen los acróbatas en los trapecios.

“Todo está en el aire. Los circos no van muy bien, aunque hay ciudades que se dan mejor que otras. Veníamos de tres pueblos donde fue mal, y teníamos fe en las siguientes ciudades, pero se nos ha caído el mundo al suelo. Todo está anulado y de nada vale preguntar porque nadie sabe nada. No sabremos cuándo podremos trabajar pero sí que saldremos con una mano delante y otra detrás”, asegura.

De momento, y por lo que pueda venir, los veinte artistas circenses, 17 adultos y tres niños, todos ellos españoles, portugueses e italianos, entrenan con mascarilla cada día para evitar perder la forma y con ella su modo de llevar habichuelas al plato.

“Nos dedicamos a mantener el cuerpo porque poco más se puede hacer. Las caravanas del circo de hoy tienen sus comodidades, no son como las de antes, pero son recintos muy pequeños donde sería muy difícil aguantar si no fuese porque podemos ir al circo a hacer ensayos, a entrenar”, asegura Marco.

Un entrenamiento que también les permite, si no llueve, agasajar a sus nuevos vecinos después del aplauso diario de las 20.00 con algunos sencillos números vespertinos que la gente de Lalín agradece con mensajes de ánimo que cuelgan en sus ventanas.

En realidad, Marco lo subraya, su situación no difiere de la de otros muchos negocios que dependen de poder reunir a mucha gente en un mismo lugar para ganar dinero salvo, tal vez, por el hecho de que de los circos no se acuerda nadie.

“La gente del circo no tenemos ayuda de ninguna clase”, asegura Marco, quien recalca la excepción de aquella que les brinda la localidad de Lalín y sus instituciones, las cuales se han volcado para que este grupo ambulante de nómadas salga de la cuarentena con ánimos suficiente para seguir desplegando su carpa por las ciudades de toda Europa.

 
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