24-06-2020 / 14:51 h EFE

El rebrote del coronavirus ha dejado medio vacías las calles y terrazas del pequeño municipio oscense de Zaidín, donde los vecinos se dividen entre el miedo al contagio y la indignación por el incumplimiento de las medidas de prevención.

Los más de 180 trabajadores de la empresa frutícola de La Espesa guardan escrupulosamente la cuarentena en el interior de sus alojamientos, mientras el resto de los residentes continúa con su rutina diaria de trabajo y recados.

A las puertas de un supermercado, Manuela Marín espera la fila para realizar la compra diaria, la única salida de su hogar que realiza desde que este fin de semana se localizara un foco de covid-19 en este pueblo de la comarca del Bajo Cinca.

“Sales con miedo a la calle”, ha reconocido Marín, de 84 años, que ha extremado las precauciones debido a su edad y a que padece asma, una de las patologías que puede generar complicaciones en los pacientes de coronavirus.

Las compras representan el único momento en el que esta vecina de Zaidín puede coincidir con el resto de sus amigas, ya que han cancelado sus quedadas habituales para dar paseos o charlar en los bancos.

“Si salimos a comprar, nos vemos y nos saludamos de lejos. Se tiene que guardar la distancia”, ha explicado Marín, quien lamenta que haya “gente que no lleva mascarilla” por la calle, a pesar de las normas sanitarias.

También ha tenido que cancelar la visita de su hijo, que tenía previsto acudir desde Mequinenza para visitarla, pero que ha decidido quedarse en su casa por las recomendaciones de movilidad que ha lanzado la Consejería de Sanidad.

En el centro del pueblo, el nonagenario Ramón Galea descansa en una silla de madera que ha sacado a la calle para poder tomar el fresco, a pesar de que su mujer le ha recomendado que se quede en su casa.

“Antes había más gente, tienen miedo”, ha explicado este vecino de 90 años, ataviado con mascarilla, que pide a sus conciudadanos que tomen más precauciones para frenar el coronavirus.

Él sí que espera la llegada de su hijo, que reside en Lleida, pero que se desplaza diariamente hasta Zaidín para trabajar en el sector de la fruta, la principal actividad laboral del municipio.

“Parecía que se paraba y ahora ha remontado el virus”, ha lamentado Galea, quien no tiene ninguna intención de salir de la comarca hasta que se termine el rebrote. “Si yo lo cojo, adiós”, se ha despedido Galea, con una sonrisa.

El miedo por el virus ha llegado también hasta Binéfar, a apenas 27 kilómetros de Zaidín, donde los vecinos han comenzado a realizarse las pruebas de diagnóstico PCR en el centro de salud del municipio.

En las inmediaciones del centro sanitario, Gerardo Mora, de 74 años, se toma un café, mientras comenta con el resto de los vecinos la llegada masiva de medios de comunicación para acompañar la visita de la consejera de Sanidad, Sira Repollés.

“La gente está asustada y eso que la suerte es que el brote está controlado. Ha habido unos focos en la agricultura pero, por lo demás, bien”, ha señalado Mora.

Él no lleva la boca cubierta, porque sufre asma y padece una enfermedad pulmonar que le impide respirar con comodidad con la mascarilla puesta.

Ahora, reclama que se cierren temporalmente los chamizos, las peñas juveniles en las que se reúnen habitualmente los más jóvenes y donde cree que se ha podido extender el virus.

“El Ayuntamiento lo tendría que cerrar de momento. Tienes la prueba ahí, con el cumpleaños”, ha agregado.

Al igual que él, otros vecinos han optado por extremar las precauciones en Binéfar, como María Pilar Casorrán, que ya no sale casa, más que para acudir al supermercado a comprar comida.

“Estábamos en la fase tres y ahora vamos para atrás como los cangrejos”, ha expresado Casorrán, de camino a su casa.

 
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